La campiña del Algarve tiene una curiosa mezcla de ambientes donde se mezclan la vid, los bosques frondosos y los campos de olivos.
El Algarve portugués es uno de los destinos de turismo de masas más populares de Europa. Al reclamo de interminables playas de arenas blancas y finas y animados centros turísticos de costa llegan al límite sur de Portugal oleadas de turistas que se tuestan al sol, salen por la noche y disfrutan de compras relativamente baratas. Ésa es una de las caras de la región algarvina que, como todos los lugares del mundo, es capaz de ofrecer otras cosas al viajero que se atreva a mirar mucho más allá de las costas o ver el lugar desde donde partieron los exploradores lusos de una manera diferente.
Hay un Algarve costa adentro que ofrece paisajes notables, una historia rica que queda plasmada en monumentos sobresalientes y una gastronomía que resume como pocas esa mezcla de culturas y razas que dio forma a la Península Ibérica.
Antes de que Faro se convirtiera en la capital de la región, el centro administrativo, político y religioso de la barbilla de Iberia fue la ciudad de Silves. Shilb para los árabes, ciudad cantada por poetas como el famoso Al Mutamid de Sevilla y visitadas por viajeros de la talla del mismísimo Ibn Batuta o Al Isidri, quien en el siglo XII escribió que “la villa es bonita y en ella se ven elegantes edificios y mercados surtidos con abundancia. La población, así como las villas inmediatas, se compone de árabes de Yemen y otros que hablan un dialecto muy puro. Saben también improvisar versos y todos son elocuentes y espirituales, lo mismo la gente del pueblo como las clases elevadas”.
Era Shilb una ciudad próspera vinculada a la Taifa de Sevilla (aunque tuvo un periodo de independencia) en la que se cultivaban las artes y las ciencias. Ciudad bien defendida por una triple muralla de la que, en la actualidad sólo queda en pie el imponente castelo de piedra roja del que se domina toda esta coqueta ciudad de casitas blancas y tejados rojos. En el lugar de la antigua mezquita se erige la pequeña catedral de la localidad (la Se Velha) de un delicado gótico portugués que contrasta con un paisaje urbano que bien recuerda a los pueblos de interior de nuestras islas.
Para describir este templo sencillo volvemos a coger palabras prestadas, esta vez de José Saramago: “Es gótica la catedral de Silves, con añadidos y adulteraciones de otras épocas. Pero lo que cuenta aquí, más que la arquitectura, es otra vez el maravillosos gres rojo en sus infinitas gradaciones, desde el tono casi amarillo con una sombra de sangre, hasta el profundo de tierra quemada. Que de esta piedra se haya hecho columna o capitel, nervadura ojival o simple aparejo es indiferente: los ojos no ven la forma ni la función. Ven el color”.
Conviene abandonar la ciudad por el antiguo ‘puente romano’ (Ponte Velha) que salva el cauce pausado del río Arade y trepar por la orilla opuesta para ver, desde la ventaja que da la perspectiva, la masa blanca de callejuelas coronadas por el castelo bermejo a modo de inmenso pastel coronado por una guinda.
Desde la bella Silves una opción más que aconsejable es internarse en las sierras que van en busca del cercano Alentejo y dejarse encantar por los pueblitos encantadores que se encajonan entre montañas pobladas de alcornoques. Un ejemplo magnífico es Monchique, con sus casas señoriales apretadas en sinuosas cuestas y escaleras y su pequeña iglesia con una más que notable portada de estilo gótico manuelino. Muy cerca del casco urbano, en una profunda garganta, se encuentran las Caldas de Monchique, un balneario de sabor decimonónico construido sobre unas antiguas termas romanas. A tomar las aguas medicinales de Monchique subieron los patricios romanos, los árabes, las clases altas portuguesas y españolas y, en la actualidad, los viajeros que, como tú, buscan algo que se salga de lo convencional.
En las Caldas de Monchique hay una docena de hoteles rurales con mucho encanto que suponen un viaje al pasado. No es mala opción dejar que la tarde muera entre las montañas y cenar en alguno de estos hoteles que empiezan a palidecer con esa pátina encantadora que da la decadencia bien entendida. Con una buena sopa de legumes o algún sabroso pescado algarvino hasta te puedes llegar a olvidar que allá abajo, en la costa, miles de ingleses comen hamburguesas y se emborrachan a gusto en las otrora tranquilas playas del Algarve. Pero eso queda muy lejos, aunque sólo disten un par de kilómetros.
Fuente/laprovincia.es/